
Sucedió que, "estando Jesús en una de las ciudades, se presentó un hombre lleno de lepra; al ver a Jesús , cayendo sobre su rostro, le suplicó diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Y extendiendo la mano, lo tocó diciendo: "Quiero, queda limpio.. Y enseguida la lepra se le quitó. Y él le ordenó no comunicarlo a nadie; y le dijo: Ve, preséntate al sacerdote y ofrece por tu purificación según mandó Moisés, para que les sirva de testimonio. Se hablaba de él cada vez más, y acudía mucha gente a oírlo y a que los curara de sus enfermedades. Él, por su parte, solía retirarse a despoblado y se entregaba a la oración". La desaparición de la lepra era una de las bendiciones esperadas para la época mesiánica. La curación de un leproso es, pues, un signo más de que Jesús es el Mesías. Además, la lepra era una enfermedad que llevaba consigo la marginación social. En el relato evangélico aparece un leproso que se acercó a Jesús y le suplica que lo cure. La curación realizada por Jesús es la respuesta a una confesión de fe del leproso (le llama Señor), que expresa el reconocimiento de su poder para curar y tiene una incidencia en su actitud corporal (rostro en tierra). Nos podemos imaginar el gozo del leproso curado. Este signo milagroso manifiesta por un lado el poder de Jesús y, por otro, la compasión que siente por los que sufren. Jesús manda al leproso curado que se presente al sacerdote, para facilitarle su inclusión social. Cada vez acudía más gente a Jesús para oírle y a que los curara. Ahora bien, Jesús no esperaba el aplauso de la gente. Al contrario, se retiraba a despoblado a orar. Jesús cuida con esmero su unión íntima con el Padre. La fuerza de su palabra y su poder de curación, provienen de su familiaridad con el Padre. ¡Cuánto tenemos que aprender de Jesús!.
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