
Jueves, 10 de enero de 2019
En aquel tiempo, "Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan. Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor. Y, enrollando el rollo y devolviéndolo al que lo ayudaba, se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él. Y él comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír. Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca". El evangelista sitúa el inicio de la misión de Galilea en el pueblo donde Jesús se había criado. Él es consciente de la acción del Espíritu de Dios que guía y anima su vida. El marco de la narración es el culto sinagogal de la época de Jesús. El centro del relato está en el cumplimiento de un texto de Isaías (Is 61,1-2). En él se describe de qué manera concreta llevará a cabo su tarea el Mesías. Jesús hace suyo el texto del profeta Isaías. Lo asume como el programa de su ministerio. En el texto se anuncia la salvación para todos los hombres, se insiste en que el ministerio de Jesús va dirigido preferentemente a los pobres y oprimidos. Durante su vida pública Jesús se mantuvo siempre fiel a este programa de actuación. En Jesús no hay distancia entre lo que dice y lo que hace. Con toda verdad, Jesús pudo decir a sus paisanos: "Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír". Esta debe ser, por tanto, la misión de la Iglesia hasta el final de los tiempos. Es tiempo de gracia si, como Jesús, nos dejamos guiar por el Espíritu de Dios. Es necesario revisar nuestra misión dentro de la Iglesia, para que se vaya pareciendo cada vez más a la de Jesús. En cada circunstancia hemos de ser el rostro visible del Señor Jesús.
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