La figura de Juan Bta. es, según como se mire, contradictoria. Por una parte, es grande y extraordinaria (cf. evangelio: "¿Qué va a ser este niño?"; 1a.lectura: "Te hago luz de las naciones"), pero al mismo tiempo, se presenta llena de humildad y totalmente subordinada a la de Jesús (cf. 2a.lectura: "Cuando estaba para acabar su vida, decía: Yo no soy quien pensáis, sino que viene detrás de mí uno a quien no merezco desatarle las sandalias). En este sentido podemos leer unas palabras del propio Jesús que definen este carácter contradictorio de la figura de Juan: "Yo os digo que entre todos los nacidos de mujer no hay profeta mayor que Juan; pero el más pequeño en el Reino de Dios es mayor que él" (/Lc/07/28). Toda la dignidad de Juan radicaba en la tarea de preparación que debía llevar a cabo, pero, una vez llegada la plenitud de la salvación, la figura del Bta. debe disminuir y desaparecer, para dar paso al único y verdadero Salvador. En cierto modo, esta característica de Juan es la que debería tener la Iglesia con respecto a la persona y a la obra de Jesús.
La Iglesia no es ningún fin en sí misma, no es ninguna realidad absoluta. Su razón de ser estriba en la misión de precursora de Jesús. Como Juan, la Iglesia indica a los hombres dónde se encuentra la verdadera salvación, pero no puede pretender erigirse a sí misma como única salvación. Ella sabe que los hombres pueden encontrar a Jesús de muchas maneras, y su mayor alegría consiste en que, si es preciso, ella disminuya para que Jesús crezca en el corazón de la humanidad. Demasiado a menudo los cristianos damos la impresión de estar más preocupados por el prestigio social de la Iglesia que por el aumento de la fe y del amor de los hombres hacia el Señor de la Iglesia y del mundo. El ejemplo de Juan nos debe estimular a la aceptación gozosa de nuestro papel, relativo y subordinado, pero lleno de la verdadera grandeza.
Feliz Fiesta de San Juan Bautista.
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