Saltarse uno de los preceptos significa colocar nuestro juicio por encima del juicio de Dios. Con ello reafirmamos nuestra sed de autonomía. Pero también demostramos que decidimos actuar “como si Dios no existiera”.
Tu decides - 6º Domingo del Tiempo
Ordinario, Ciclo A
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“No he venido a abolir la Ley y los Profetas : he venido a darle plenitud”
En todo tiempo y en todo pueblo es grato a Dios quien le teme y practica la justicia (cf.Hch.10,35). Sin embargo, fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente. Por ello eligió al pueblo de Israel como pueblo suyo, pactó con él una alianza y le instruyó gradualmente, revelándose a Sí mismo y los designios de su voluntad a través de la historia de este pueblo, y santificándolo para Sí.
Pero todo esto sucedió como preparación y figura de la alianza nueva y perfecta que había de pactarse en Cristo y de la revelación completa que había de hacerse por el mismo Verbo de Dios hecho carne. “He aquí que llegará el tiempo, dice el Señor, y haré un nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá... Pondré mi ley en sus entrañas y la escribiré en sus corazones, y seré Dios para ellos y ellos serán mi pueblo... Todos, desde el pequeño al mayor, me conocerán, dice el Señor” (Jr.31,31-34). Ese pacto nuevo, a saber, el Nuevo Testamento en su sangre (cf.1Co 11,25), lo estableció Cristo convocando un pueblo de judíos y gentiles, que se unificara no según la carne, sino en el Espíritu, y constituyera el nuevo Pueblo de Dios… “un linaje escogido, sacerdocio regio, nación santa, pueblo de adquisición..., que en un tiempo no era pueblo y ahora es pueblo de Dios” (1P 2,9-10).
Así como al pueblo de Israel, según la carne, peregrinando por el desierto, se le designa ya como Iglesia (cf. 2 Esd.13,1; Nm.20,4; Dt.23,1 ss), así el nuevo Israel, que caminando en el tiempo presente busca la ciudad futura y perenne (cf.Hb.13,14), también es designado como Iglesia de Cristo (cf.Mt16,18), porque fue El quien la adquirió con su sangre (cf. Hch.20,28), la llenó de su Espíritu y la dotó de los medios apropiados de unión visible y social.
[Concilio Vaticano II Constitución sobre la Iglesia “Lumen gentium”, § 9 ]
PELÍCULA DE LA SEMANA
LOURDES
Una historia de fe, ciencia y milagros
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