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lunes, 18 de agosto de 2014

Casi un millón de coreanos han sido testigos de la verdadera revolución que está trayendo a la Iglesia católica el Papa Francisco: el despertar de los laicos




Este sábado, casi un millón de coreanos han sido testigos de la verdadera revolución que está trayendo a la Iglesia católica el Papa Francisco. 
Los 124 mártires coreanos, asesinados entre 1791 y 1888, que el pontífice beatificó durante una misa presidida en la Puerta de Gwanghwamun, en Seúl, tenían un elemento común y caracterizador: no se trataba de sacerdotes ni religiosos; eran laicos. Algunos nunca vieron a un sacerdote en su vida.

Tras la Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro, y su peregrinación a Tierra Santa, Francisco ha venido hasta estas latitudes para presentar el mensaje que lanza a toda la Iglesia la evangelización de Corea: una Iglesia creada por laicos y regada por la sangre de laicos.

En cierto sentido, Francisco es un Papa “anticlerical”. Ciertamente su vida y palabra (basta leer sus homilías) son un testimonio del valor insustituible del sacerdocio. Ahora bien, su enseñanza no es para nada “clerical”: no le da a los obispos y sacerdotes un papel que no les corresponde ni en la vida social, ni siquiera en la vida eclesial.

Después de cinco décadas del Concilio Vaticano II, la Iglesia católica es todavía demasiado “clerical”, demasiado dependiente de sacerdotes que en ocasiones no son sólo dispensadores de los Sacramentos, sino también, “managers” de obras o instituciones, en papeles que serían más propios de los laicos. 

La verdadera revolución que trae a la Iglesia el Papa Francisco no es tanto la reforma de la Curia Romana, vital ciertamente para el testimonio cristiano, dados los problemas de los últimos años, sino sobre todo el despertar de ese “gigante dormido”, el laicado.

Incluso la reforma de la Curia Romana gira en torno a este objetivo, como lo demuestra el papel decisivo que el Papa ha dado a los laicos en la administración económica de la Santa Sede.

En este sentido, el origen de la Iglesia en Corea es un mensaje de profética actualidad: el Papa visita una Iglesia que fue creada sin un solo sacerdote y que hoy constituye una de las comunidades más dinámicas del continente asiático, con unos cien mil bautismos de adultos al año.

Cuando el primer sacerdote misionero llegó a Corea, en 1794, procedente de China, ya había 4.000 bautizados, que recibieron el sacramento de manos de laicos. Los primeros católicos del país eran hombres de cultura, que entraron en contacto con textos bíblicos y cristianos traducidos al chino por algunos misioneros occidentales en Pekín, en particular por el padre jesuita Matteo Ricci. 

Entre estos, se encontraba Lee Seung Hun, funcionario, que viajó de Corea, país vasallo del imperio, a Pekín, en 1784. Durante el viaje, en la capital china, contactó a los misioneros y les pidió el bautismo, así como libros religiosos para alimentar la fe de sus amigos coreanos que estaban descubriendo el cristianismo. 

Al regresar a su patria, bautizó a los demás miembros del grupo, quienes a su vez bautizaron a coreanos que iban descubriendo en la figura de Jesús al Hijo de Dios. No existe ningún otro caso en la historia del catolicismo como éste.El obispo de Pekín les envió diez años después al primer sacerdote chino para que finalmente pudieran celebrar la Eucaristía.

Muy pronto la visión cristiana del hombre y de la mujer, que chocaba con las enseñanzas confucianas de división en clases, con diferente dignidad, acarreó la persecución contra los cristianos. 

Uno de los factores desencadenantes fue el rechazo a la tradición coreana de rendir culto a los ancestros, lo cual era percibido como idolatría por parte de la Iglesia, pues en la tradición eran sustitutivos de la divinidad. Pero el régimen coreano pasó a considerar el cristianismo como un “culto malvado”; que destruía las relaciones humanas y el orden moral tradicional.

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