Predicar el Evangelio es también misión primordial de la Iglesia. Una misión difícil; de ella dan testimonios San Pablo y todos los profetas: recordad el ejemplo de Jonás que no quiere ir a Nínive. Y es que el Evangelio no es una palabra que se expanda a gusto del consumidor, porque no se vende. El Evangelio no es la palabra que todo lo bendice, sino también denuncia. El Evangelio no es un tranquilizante para los que huyen del mundo, sino la Palabra de Dios que va allí donde están los hombres con sus problemas, con sus angustias y sus pecados. Y esto hasta tal punto que el Evangelio solamente puede ser escuchado por los que tienen problemas, por los que preguntan después de fracasar en todas las soluciones humanas. El Evangelio sale siempre al encuentro de Job. No es una palabra pues dirigida en general al mundo entero que vaya siempre bien a todos y en cualquier lugar, pero que no ilumina ninguna situación concreta.
Por todo eso es difícil predicar el Evangelio y sólo puede hacerse desde la libertad frente a todos y a todo y desde el servicio a la Palabra de Dios. El afán de llegar a todas partes y hacerse todo para todos, así como las persecuciones y calamidades que soportó por su fidelidad al Evangelio fueron consecuencia de este servicio. Predicar es difícil... Esto lo sabe también hoy una Iglesia que corre el riesgo de claudicar ante la resistencia que ofrece el mundo a la Palabra de Dios: "¡Ay de mí si no predico el Evangelio!".
Feliz domingo.
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