
Jueves, 31 de enero de 2019
Por aquel entonces, "Jesús dijo al gentío: ¿Se trae la lámpara para meterla debajo del celemín o debajo de la cama?, ¿no es para ponerla en el candelero? No hay nada escondido, sino para que sea descubierto; no hay nada oculto, sino para que salga a la luz. El que tenga oídos para oír, que oiga. Les dijo también: Atención a lo que estáis oyendo: La medida que uséis la usarán con vosotros, y con creces. Porque al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene". Después de la explicación en privado de la parábola del sembrador, Jesús concluye con dos series de sentencias sapienciales. Las referidas a la lámpara son a la vez una promesa y una exigencia. Lo que todavía permanece oculto, el misterio del Reino de Dios, llegará con toda seguridad a manifestarse. Tal manifestación es una exigencia para sus discípulos: lo que ellos han oído en secreto han de proclamarlo en público. La lámpara de la buena nueva del Reino está destinada a alumbrar a todos los hombres. Es necesario proponer la fe, ser de verdad misioneros. Por su parte, la sentencia en torno a la medida compromete también a los discípulos. Estos deben tomar conciencia de la revelación recibida, evitando toda actitud negligente que le impida producir los frutos deseados. En relación con la revelación recibida no cabe una posesión tranquila y definitiva, es necesario practicarla para enriquecernos y enriquecer a los demás. Estamos ante una sentencia severa, que ilumina la seriedad del compromiso cristiano. Permitamos que la luz de Cristo ilumine nuestras vidas, y
llevemos la luz de Cristo a nuestros ambientes, para que todos caminemos en la Luz.
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