
Lunes, 11 de febrero de 2019
Por aquel entonces, "terminada la travesía, Jesús y sus discípulos llegaron a Genesaret y atracaron. Apenas desembarcados, lo reconocieron y se pusieron a recorrer toda la comarca; cuando se enteraba la gente dónde estaba Jesús, le llevaban los enfermos en camillas. En los pueblos, ciudades o aldeas donde llegaba colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que les dejase tocar al menos la orla de su manto; y los que lo tocaban se curaban". Después de toda una noche Jesús y sus discípulos llegaron a Genesaret y atracaron allí. Una vez desembarcados, la gente lo reconoció. Se pusieron a recorrer toda la comarca. Al irse enterando la gente, le llevaban los enfermos. Jesús aparece una vez más como el médico de los enfermos y atribulados. De él brota una fuerza prodigiosa. Es llamativo que con solo tocar la orla del manto de Jesús la gente se curaba. Todo el ser de Jesús desprende vida, es fuente de salud para los que creen en él. Aquella gente reconoció a Jesús, creyó en su poder sanador. El Señor ha querido permanecer con nosotros a través del sacramento de la Eucaristía. ¿Creemos en su presencia real en la Eucaristía? Señor Jesús, que la vida que tu cuerpo eucarístico irradia llegue siempre hasta nosotros. Tú eres realmente el Pan de Vida.
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