
Domingo, 3 de febrero de 2019
Hoy es domingo, el día del Señor. Ya en la primera lectura (Jer 1, 4-5. 17-19) se pone de manifiesto la apertura del ministerio profético a los pueblos gentiles: "Te constituí profeta de las naciones". El salmista (Sal 70) está dispuesto a contar la salvación del Señor. En el Evangelio de hoy (Lc 4,21-30) Jesús se presenta ante sus paisanos de Nazaret. En un principio, la presencia del Maestro ha despertado curiosidad y admiración. Aquella gente espera algún milagro. Ahora bien, el panorama cambia cuando le oyen decir que no puede hacer milagros en su tierra porque les falta fe. A sus paisanos les dolió sobremanera que Jesús aludiera a la viuda de Sarepta y al general sirio Naamán, dos extranjeros que fueron escuchados por Dios, dejando en evidencia la escasa fe de los judíos. Esto nos muestra la raíz del carácter misionero de la Iglesia. En efecto, Jesús, como Elías y Eliseo, no fue enviado solo a los judíos. La historia de la salvación pone de manifiesto que los profetas sinceros resultan incómodos. Jesús nos enseña a ser profetas del compromiso concreto evitando las palabras huecas y vacías. En la segunda lectura (1 Cor 12,31-13,13) San Pablo nos invita a ambicionar los carismas mayores. "En una palabra, quedan estas tres: la fe, la esperanza y el amor. La más grande es el amor". Realmente, si no tenemos en nosotros el don del amor de Dios, nuestra lucha contra el pecado resulta muy difícil, así como el crecimiento en la virtud. El amor es más fuerte que la misma muerte. Señor Jesús, danos la gracia de ser humildes, para construir el Reino con gestos sencillos de generosidad.
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