
Lunes, 4 de febrero de 2019
El Evangelio de hoy (Mc 5,1-20) nos sitúa a Jesús en la región de los gerasenos. Apenas desembarcó: "le salió al encuentro, de entre los sepulcros, un hombre poseído de espíritu inmundo...Viendo de lejos a Jesús, echó a correr, se postró ante él y gritó con voz potente: ¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, Hijo de Dios altísimo? Por Dios te lo pido, no me atormentes. Porque Jesús le estaba diciendo: Espíritu inmundo, sal de este hombre...Los espíritus inmundos salieron del hombre...Mientras Jesús se embarcaba, el que había estado poseído por el demonio le pidió que le permitiese estar con él. Pero no se lo permitió, sino que le dijo: Vete a tu casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido misericordia de ti. El hombre se marchó y empezó a proclamar por la Decápolis lo que Jesús había hecho con él; todos se admiraban". Jesús y sus discípulos consiguen desembarcar en territorio pagano para depositar también allí la semilla liberadora del Reino de los cielos. Realmente el encuentro con un endemoniado furioso e indómito revela la situación de aquella gente. Es un mundo alienado y bajo el signo de la muerte. Jesús actúa movido por la misericordia. ¿Podrá hacer algo Jesús? La situación es harto difícil, pero el poder del Hijo de Dios altísimo, supera infinitamente al de las fuerzas demoníacas. Tales fuerzas retroceden ante él para precipitarse en el abismo y el hombre recobra la paz interior (sentado), el dominio de sí mismo (vestido) y su dignidad de hombre (sano juicio). Aquella persona se convierte en testigo de la acción salvadora de Jesús. Comienza a actuar como el primer misionero indígena. El Señor Jesús había sacado de aquel hombre lo mejor de sí mismo. También el Señor ha hecho en nosotros obras admirables. Demos gracias a Dios por ello.
Participa con tu comentario...
Publicar un comentario