
Domingo, 7 de abril de 2019
Hoy es domingo, el día del Señor. Celebramos hoy el quinto domingo de Cuaresma. En la primera lectura (Is 43,16-21) el profeta nos habla del Dios que había liberado al pueblo judío de la esclavitud de Egipto. En aquel entonces, Dios secó el mar, abriendo en él camino al pueblo liberado. Ahora abre camino por el desierto, en el que hará brotar ríos de vida, para que el pueblo pueda saciar su sed. Sencillamente, la bondad de Dios no se agota ni en el mar ni en el desierto. De la bondad de Dios está brotando algo nuevo. En la segunda lectura (Flp 3,8-14) Pablo también nos invita a mirar al futuro y el futuro es Cristo. En su comparación, para el Apóstol todo lo pasado es pérdida. Con relación a Cristo estamos siempre en camino. Lo alcanzaremos cuando lleguemos a conocerlo y a comulgar con su pasión y resurrección. En el Evangelio de hoy (Jn 8,1-11) aparece el nuevo estilo que Jesús tiene de actuar. Al amanecer, Jesús se presentó de nuevo en el templo. Allí enseñaba al pueblo. "Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices? Le peguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: El que esté sin pecado, que tire la primera piedra. E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿Ninguno te ha condenado? Ella contestó: Ninguno, Señor. Jesús dijo: Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más". A Jesús le presentan una mujer sorprendida en adulterio, con intención de lapidarla. Nadie habla del adúltero. Jesús con sencillez y valentía admirables, pone verdad, justicia y compasión. Él no se siente representante de la ley, sino profeta de la compasión del Padre hacia todos. Dios no quiere la destrucción de nadie: "El que esté sin pecado, que tire la primera piedra". Los acusadores se retiran avergonzados. Jesús se dirige a la mujer que acaba de escapar de la ejecución y, con respeto grande, le dice: "Tampoco yo te condeno". Luego le anima a que su perdón se convierta en punto de partida de una vida nueva: "Anda, y en adelante no peques más". Como creyentes descubrimos en esta actuación de Jesús el verdadero rostro de nuestro Dios. Lo que la mujer adúltera necesitaba no eran piedras, sino una mano amiga que le ayudara a levantarse. Jesús la entendió de verdad. Jesús distingue el pecado y el pecador. Éste tiene que ser respetado y perdonado. Por el contrario, el pecado ha de ser eliminado de nuestra vida.
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