Acabado el tiempo pascual celebramos el misterio de Dios Trinidad bajo cuyo nombre hemos sido bautizados y en cuya memoria empezamos toda reunión cristiana. La fiesta de la Trinidad nos ayuda a contemplar el misterio en la totalidad del Dios único, o en la acción del Padre, del Hijo y del Espíritu.
Dios es un misterio, "siempre mayor" que nuestros conceptos, un mar que no cabe en la vasija que fabrica nuestra imaginación. "Si comprendes... ya no es Dios". Desde siempre se ha calificado a la Trinidad como "el misterio de los misterios" del cristianismo. Aunque el término no se encuentre en el Nuevo Testamento. La cultura de hoy, prisionera de la razón y de los sentidos, apenas puede dar cabida al misterio; lo considera casi un insulto o un reto a una razón que puede llegar a ser capaz de conocer todo. Sin embargo, estamos envueltos en el misterio, la muerte es un misterio, el amor y la libertad son un misterio, el origen del universo es un misterio.
La fiesta de la Trinidad nos revela el ser del cristiano, imagen y semejanza de un Dios de personas. Podemos hablar de Dios, pero confesar la Trinidad es recibir la vocación a vivir trinitariamente: como hijos, en confianza y docilidad; como hermanos, en amistad y servicio; el Espíritu, haciendo posible el entendimiento y la comunión. "Entiendes la Trinidad si vives la caridad", Hechos "a imagen y semejanza de Dios", estamos llamados a ser iconos e imagen de la Trinidad.

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