Sólo tiene la facultad de perdonar los pecados quien haya recibido el Orden sacramental, su poder le llega directamente de Dios. El confesor hace las veces de Cristo, y debe juzgar las disposiciones del pecador –el dolor y propósito de enmienda- antes de darle la absolución. La Confesión es un verdadero juicio, pero es
un juicio que se ordena al perdón del que se declara culpable. Este juicio de la Confesión es, en cierto modo, adelanto y preparación del juicio definitivo, que tendrá lugar al final de nuestra vida. Entonces comprendemos en toda su profundidad la gracia y la misericordia divina en el momento en que se nos perdonan nuestros pecados, y acudimos al Sacramento con alegría y agradecimiento, llenos de esperanza.
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